Imaginemos un gato dentro de una caja completamente opaca. En su interior se instala un mecanismo que une un detector de electrones a un martillo y, justo debajo del martillo, un frasco de cristal con una dosis de veneno letal para el gato. Si el detector capta un electrón, activará el mecanismo, haciendo que el martillo caiga y rompa el frasco.
Una vez que se dispara un electrón, por lógica, pueden suceder dos cosas. Una vez que el detector capte el electrón y active el mecanismo. En ese caso, el martillo cae, rompe el frasco y el veneno se expande por el interior de la caja. El gato lo inhala y muere. Al abrir la caja, encontraremos al gato muerto. O puede que el electrón tome otro camino y el detector no lo capte, con lo que el mecanismo nunca se activará, el frasco no se romperá, y el gato seguirá vivo. En este caso, al abrir la caja, el gato aparecerá sano y salvo.
Esta singular paradoja del mundo cuántico da como resultado que el gato, esté vivo y muerto a la vez, y que ambos estados sean igual de reales y que solo al abrir la caja podamos saber cuál es el verdadero estado en el que se encuentra el gato.
La sustancial diferencia con el experimento del gato vivo y muerto es que abrir la caja en donde se encuentra Nisman y determinar cuál es su verdadero estado no es tan simple.
En el caso de Nisman, la aleatoriedad en la que se basa la mecánica cuántica ha sido reemplazada por el principio de acción y reacción, lo que, a la luz del tiempo transcurrido, ha aumentado el concepto de caos. La paradoja no está en saber si la bala que mató al fiscal fue disparada por puro azar, como sucede en la mayoría de los hechos dentro del universo cuántico, o si fue dirigida intencionalmente, sino en poder desentrañar cuál de estos dos nuevos estados en el que flota la figura del fiscal Nisman es el correcto.
Por ahora reina la incertidumbre y al igual que en un experimento teórico de laboratorio, lo fáctico está lejos de ser probado y la conjetura se presenta como la principal respuesta.
