De cómo las redes sociales me allanaron el camino
Siempre odié las presentaciones.
Ya de pequeño me costaba decir quién era, qué hacía, a qué me dedicaba. Cada
vez que tenía que hacerlo frente a
alguien, un enorme nudo atado por las manos de algún gigante monstruoso me
apretaba el estómago de tal manera que se me cortaba la respiración, hipaba
como un sapo macho en busca de una
hembra para copular. Las pocas palabras que lograba emitir salían de mi boca en breves estertores, casi inaudibles,
eran como burbujas de jabón que explotaban antes de terminar de formarse.
La gente me miraba, casi diseccionándome como si fuera un insecto desconocido de la selva amazónica. Después venían la transpiración en las palmas de las manos, la taquicardia, leve pero rítmica, y las ganas de huir, de esconderme, de refugiarme en alguna novela de terror o detrás de algún papel y lápiz donde garabateaba un texto o dibujaba alguna forma al azar. Bicho raro, decían, y yo aprovechaba el descuido para deslizarme como una inofensiva culebra y así me escapaba del compromiso que implicaba tener que presentarme.
Los años fueron pasando y la
madurez trajo algunos cambios. Aprendí que, si quería sobrevivir en esta jungla,
debía empezar a dejar de ser tan esquivo y comunicarme mejor con la gente,
aunque sea por un ratito. Y así fue que empecé a escribir, como una manera elegante de relacionarme no tan directamente. Claro, era la
época de los diálogos epistolares. Uno podía decir lo que quería sin tener que
mirar al otro a la cara. Fantástico.
Con el tiempo, el mundo fue cambiando tan aceleradamente que daba la sensación de que las cosas iban a una velocidad distinta y que, si uno no se adaptaba en el momento en que sucedían los hechos, quedaba fuera en tan
solo un pestañeo. Entonces empezaron las preguntas: ¿Quién soy? ¿Qué quiero? ¿Para qué estoy en este mundo? Y cuando tuve que definirme, dije: soy un creativo, un artista. Escribo,
dibujo, hago cine, vivo la vida a pleno. Qué más. Ya con todo eso tengo
suficiente.
¿Credenciales? DNI, tarjeta de
obra social y alguna vez carnet de socio
del Club Los Andes; el resto es lo que yo llamo acumulación de éxitos y fracasos: esas cosas que solo le importan a uno y que, cuando se lo contás a los demás, te dicen: Ah, sí, mira qué bien o Uh, qué joda, cuánto lo lamento. Al fin y al cabo, hoy en día todo pasa por la
web y si alguien quiere conocerme con solo poner mi nombre le sale hasta la
última cirugía que me hice.
Y sí, escribo, lo que sea, está en mi naturaleza, y cuando tengo que hablar de temas contractuales dejo que mis textos pongan el precio, generalmente esa regla nunca se equivoca, de esta manera uno cobra por lo que realmente vale y no por lo que muchas veces dice que vale. En ese sentido, debo decir que la tecnología me allanó el camino de tener que andar explicando todo.
Y sí, escribo, lo que sea, está en mi naturaleza, y cuando tengo que hablar de temas contractuales dejo que mis textos pongan el precio, generalmente esa regla nunca se equivoca, de esta manera uno cobra por lo que realmente vale y no por lo que muchas veces dice que vale. En ese sentido, debo decir que la tecnología me allanó el camino de tener que andar explicando todo.

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