domingo, 3 de septiembre de 2017

Caso Santiago Maldonado

Otra tragedia que nos atraviesa y nos divide

El caso de la desaparición del joven Santiago Maldonado se está convirtiendo en un estandarte político. Lo ontológico ha quedado de lado y su figura y nombre, representados en carteles, pintadas, dibujos y repeticiones verbales como mantra tibetano, son ahora un símbolo, un icono, una suerte de entelequia para algunos grupos radicalizados que pretenden como único fin la instauración y posterior conservación de su status quo.

La verdad sobre lo que le sucedió a Santiago Maldonado, ya no interesa, interesa lo que estos grupos hagan con la tragedia y cómo se aprovechan de su imagen para usarla en contra del gobierno del presidente Mauricio Macri. Eso es lo que importa, el resto es anécdota. Da lo mismo si aparece vivo o muerto, si fue gendarmería, los Mapuches, el puestero de Benetton o si está escondido en Chile, lo que se busca es que a través de la instauración social de un hecho trágico y doloroso como es su desaparición, el caos impere en las calles y se termine llevando puesto al gobierno del presidente Macri, como los hechos del 20 y 21 de diciembre del 2001 se cargaron al expresidente Fernando De La Rúa.

Por suerte, la mayoría de la sociedad está interesada en que su desaparición se aclare y rápido. La urgente necesidad de que la verdad salga a la luz y se sepa qué pasó realmente con Santiago Maldonado es imperiosa. Claro que en el medio de todo este putrefacto revuelo de sectores políticos que actúan como verdaderos caranchos, está la llamativa actitud del Gobierno Nacional, que parece más interesado en continuar con su plan trazado, con la mirada puesta en las elecciones de medio término, y no en dar una respuesta al caso y a sus familiares. Quizá sea la alta exposición mediática y social y sus posibles repercusiones políticas, lo que lo tenga un poco amilanado. Cualquiera que sea el resultado final, no hay dudas de que el Gobierno se va a ver afectado. 

Lo sucedido a Santiago Maldonado ha sido como una bomba que explotó repentinamente en las manos del Gobierno y no sabe qué hacer con las esquirlas ni con los daños colaterales. Hasta ahora la mejor estrategia ha sido la negación. La ministra de Seguridad de la Nación, Patricia Bullrich, niega que Gendarmería esté involucrada. Y el presidente Macri prueba helados en Tucumán, ajeno a todo, mientras del otro lado del polo político la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner se aprovecha del río revuelto para buscar más votantes también con la cabeza puesta en las elecciones de octubre.  

Por otro lado, la justicia no ha logrado muchos avances en la investigación y sigue sin tener ninguna pista certera sobre lo sucedido después del desalojo de la gendarmería en el corte en la ruta 40 donde se dice que estaba Santiago Maldonado y, de acuerdo con algunos testigos, fue llevado por los gendarmes hacia una camioneta.

Es más que evidente que, al igual que en el caso Nisman, la politización del caso dividió las aguas y la verdad parece estar cada vez más lejos. Lo que no debemos olvidar es que cualquier ser humano desaparecido o muerto en democracia es una enorme tragedia para el país y que en todos los casos deben ser tratados de igual manera, sean cuales sean las circunstancias que derivaron en el hecho en cuestión. Algunos de los actores políticos tratan el tema de forma sesgada, tapándose un ojo y viendo con el que les queda libre, sólo aquello que les interesa y dejan afuera a casos paradigmáticos y aún sin resolución, como el de Jorge Julio López, quien desapareció en democracia durante la presidencia de Néstor Carlos Kirchner, y hasta la fecha nada se sabe sobre qué fue lo que realmente le pasó.

Como cierre, creo que la inmersa mayoría de los argentinos busca justicia y pide que nuestro derecho a conocer la verdad se cumpla, lo que, sin ninguna duda, no queremos es que los violentos hagan suyas nuestras tragedias con propósitos de utilización política.

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